ESTO ESTA DE PINGA

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Esto está de pinga: la palabra que lo dice todo en el habla cubana

Pocas expresiones resumen tan bien la creatividad del lenguaje popular cubano como la palabra “pinga”. Más allá de su significado literal, este término ha trascendido para convertirse en una herramienta comunicativa cargada de emoción, humor y contexto social. En la oralidad cotidiana, su uso no se limita a una intención vulgar, sino que revela ingenio, identidad y la capacidad de transformar el idioma en un reflejo vivo de la cultura.

En Cuba, esta palabra funciona como una especie de comodín lingüístico que adopta distintos sentidos dependiendo del tono, la situación o la relación entre quienes conversan. Puede aparecer como interjección ante la sorpresa o la frustración, liberando tensión en momentos inesperados. También puede emplearse para calificar experiencias: decir que algo está “de pinga” suele significar que es excelente, emocionante o digno de celebrarse, mientras que afirmar que algo “es una pinga” comunica decepción o disgusto.

Su presencia se extiende a expresiones que valoran situaciones o sentimientos. Frases que transmiten indiferencia, desprecio o incredulidad incorporan la palabra como elemento intensificador que añade fuerza emocional al mensaje. En el humor cotidiano, además, es frecuente encontrarla en juegos de palabras y exageraciones que refuerzan la picardía característica del habla popular, convirtiéndose en un recurso expresivo que provoca complicidad y risa.

Otro aspecto clave es su dimensión social. En contextos de confianza —entre amistades o familiares— el término puede utilizarse con naturalidad e incluso afecto, fortaleciendo la cercanía y la espontaneidad del intercambio. Sin embargo, fuera de esos espacios, su interpretación cambia y puede resultar inapropiada, lo que demuestra hasta qué punto el lenguaje cubano depende del contexto cultural y relacional.

Las múltiples variaciones y combinaciones que surgen alrededor de esta palabra evidencian su dinamismo dentro del habla cotidiana. Su significado no reside en una definición fija, sino en la entonación, la intención y el momento en que se pronuncia. Así, se convierte en ejemplo de cómo el idioma se reinventa constantemente a través de la experiencia colectiva.

Hablar de esta expresión es, en realidad, hablar del carácter expresivo de los cubanos: directo, creativo, emocional y profundamente humano. Más que una simple palabra, es una muestra de cómo el lenguaje popular encapsula historias, emociones y formas de relacionarse. En definitiva, decir que algo “está de pinga” no es solo una frase: es una afirmación cultural que refleja una manera única de sentir y comunicar la vida cotidiana.

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Cultura cubana fuera de la isla

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La cultura cubana fuera de la isla: artistas, escenarios y la construcción de una escena en Europa

Hablar hoy de cultura cubana implica mirar más allá de la geografía de la isla. Durante los últimos años, el movimiento migratorio ha transformado profundamente el mapa cultural y ha generado una red de creadores que continúan produciendo, representando y reinterpretando lo cubano desde múltiples ciudades europeas. Madrid, Barcelona, Berlín o París se han convertido en espacios donde músicos, actores, promotores y gestores culturales sostienen una escena que no solo preserva la identidad, sino que la reinventa constantemente. La diáspora cultural cubana no es únicamente una consecuencia del desplazamiento físico; es también una respuesta creativa que convierte la distancia en un motor de expresión y conexión.

En el terreno musical, la presencia cubana en Europa continúa siendo particularmente visible. Las giras artísticas funcionan como uno de los principales puentes entre ambos contextos culturales, ofreciendo espacios donde la memoria colectiva y la celebración convergen. En los próximos meses, varios nombres destacados del panorama musical cubano volverán a presentarse ante públicos europeos. El dúo Gente de Zona prepara una amplia gira por España que recorrerá ciudades como Madrid, Murcia, Granada, Úbeda, Tenerife, Barcelona, Valencia, Marbella y otros escenarios del circuito estival, consolidando su posición como uno de los exponentes más internacionales del sonido urbano cubano. Sus conciertos no solo convocan a seguidores habituales del género, sino también a comunidades migrantes que encuentran en estas presentaciones un espacio de pertenencia emocional.

Por su parte, el cantautor Leoni Torres continúa desarrollando su proyección internacional y mantiene activa la preparación de nuevas presentaciones en Europa tras haber consolidado su presencia en escenarios fuera de la isla en años recientes. Su música, marcada por una conexión directa con el público y una narrativa emocional accesible, ha logrado establecer vínculos afectivos con audiencias que siguen sus presentaciones como una forma de reencontrarse con referencias culturales compartidas. Este tipo de circulación artística evidencia cómo el repertorio cubano contemporáneo continúa dialogando con públicos diversos y expandiendo su alcance.

Más allá de los grandes nombres, la escena cultural cubana en Europa se nutre también de artistas emergentes, colectivos independientes y promotores culturales que generan espacios alternativos de visibilidad. Showcases, conciertos en salas pequeñas, ciclos culturales y eventos colaborativos funcionan como plataformas donde nuevos talentos presentan su trabajo y construyen redes profesionales. Estas iniciativas, muchas veces impulsadas desde la comunidad migrante, permiten que la cultura cubana circule de manera orgánica y cercana, lejos de estructuras institucionales tradicionales y con una relación directa con el público.

El impacto de esta diáspora cultural se extiende además al ámbito escénico y audiovisual. Obras teatrales con participación de actores cubanos, festivales independientes y proyectos de colaboración interdisciplinaria contribuyen a una narrativa cultural que no se exporta como producto fijo, sino como proceso vivo. En estos espacios, lo cubano se redefine continuamente, adaptándose a nuevos contextos sin perder su esencia. La cultura deja de ser un territorio delimitado y pasa a convertirse en una experiencia compartida que se reconstruye en cada escenario.

La migración también ha influido en los temas que atraviesan la creación artística. La nostalgia, la memoria, la fragmentación familiar o la búsqueda de pertenencia aparecen como elementos recurrentes en propuestas culturales desarrolladas fuera de la isla. La experiencia de vivir entre dos realidades genera discursos donde la identidad se vuelve híbrida y dinámica, transformando la cultura cubana en un lenguaje que dialoga con múltiples influencias sin abandonar sus raíces. Este proceso convierte la distancia en un espacio creativo donde surgen nuevas interpretaciones y estéticas.

Lejos de representar una pérdida, la expansión cultural cubana en Europa puede entenderse como una multiplicación de posibilidades. Cada concierto, proyecto escénico o iniciativa independiente reafirma que la identidad cultural no depende exclusivamente del territorio físico, sino de la capacidad de quienes la portan para reinventarla y compartirla. La diáspora cultural cubana demuestra que la cultura no se detiene en las fronteras: viaja, evoluciona y encuentra nuevas resonancias en cada lugar donde se expresa. Así, más que dispersarse, la cultura cubana continúa ampliando su alcance y confirmando su vitalidad en el escenario global contemporáneo.

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LOS INDIANOS

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Los Indianos: la fiesta de La Palma con raíces cubanas que se celebra cada 16 de febrero

Cada lunes de Carnaval, Santa Cruz de La Palma se transforma en un escenario único. Miles de personas vestidas completamente de blanco toman las calles entre música caribeña, humor, polvo de talco y una atmósfera que remite directamente al otro lado del Atlántico. Es el día de Los Indianos, una de las fiestas más emblemáticas de Canarias y, al mismo tiempo, una de las celebraciones populares con mayor vínculo histórico y cultural con Cuba. En 2026, esta cita tan esperada tiene lugar el 16 de febrero.

El origen de Los Indianos está íntimamente ligado a la emigración canaria hacia América, especialmente a Cuba, entre los siglos XVIII y XX. Durante décadas, miles de palmeros abandonaron la isla en busca de oportunidades económicas en ciudades como La Habana. Algunos lograron prosperar y regresaron a su tierra natal con dinero, nuevas costumbres, formas de vestir, de hablar y una manera distinta de entender la vida. A estos emigrantes retornados se les conocía como “indianos”, un término que hacía referencia a quienes habían hecho fortuna en “las Indias”, como se llamaba entonces al continente americano.

La fiesta nació como una parodia popular de esos personajes que volvían presumiendo de éxito, elegancia y cierto aire caribeño, pero con el paso del tiempo se transformó en un homenaje colectivo a una historia compartida de ida y vuelta entre La Palma y Cuba. La vestimenta blanca que caracteriza a la celebración no es casual: evoca el estilo colonial cubano, adaptado al clima tropical, con guayaberas, vestidos claros, sombreros y accesorios propios de finales del siglo XIX y principios del XX. El blanco también actúa como elemento unificador, borrando diferencias y convirtiendo la ciudad en un espacio común de celebración.

La música que acompaña la jornada refuerza esa conexión atlántica. Ritmos de inspiración cubana y caribeña marcan el ambiente desde primeras horas de la mañana, creando una fiesta que va mucho más allá del Carnaval tradicional. Uno de los momentos más simbólicos es la aparición de la Negra Tomasa, personaje central de la celebración, cuya llegada marca de forma teatral el inicio oficial de Los Indianos y representa simbólicamente ese viaje desde Cuba hasta La Palma. Aunque hoy se analiza este personaje desde una perspectiva histórica más crítica, sigue siendo parte esencial del imaginario que dio forma a la fiesta.

El lanzamiento masivo de polvo de talco, una de las imágenes más reconocibles de Los Indianos, aporta un componente lúdico y exagerado que conecta con el espíritu burlón del Carnaval. La nube blanca que cubre las calles simboliza la ruptura con lo cotidiano, la sátira social y la catarsis colectiva de una fiesta que nació desde el pueblo y para el pueblo.

Más allá del espectáculo visual, Los Indianos es una celebración de la memoria migratoria y del vínculo profundo entre Canarias y Cuba. Es el recuerdo de una historia compartida de viajes, sacrificios, retornos y herencias culturales que aún hoy se mantienen vivas en la música, el lenguaje y las tradiciones. Cada 16 de febrero, Cuba no solo está presente en el recuerdo, sino que late con fuerza en las calles de La Palma, recordando que la cultura no entiende de fronteras ni de océanos.

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WAMPI

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ENTREVISTA A WAMPI

Wampi habla desde lo que siente, sin máscaras ni etiquetas.
De quién es cuando crea y cuando se sube al escenario.
Una conversación honesta, sin poses ni filtros.

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ExpoCoruña 2026

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ExpoCoruña 2026: un viaje cultural que une Galicia y Cuba

En febrero de 2026, ExpoCoruña, el principal recinto ferial de A Coruña, se prepara para convertirse en un punto de encuentro cultural sin precedentes con la celebración de “El Expreso de Cuba”, una experiencia inmersiva y sensorial que fusionará las culturas de Galicia y Cuba a través de la música, la gastronomía, el arte y las tradiciones populares. Del 19 al 22 de febrero, el recinto ferial acogerá este evento que promete transportar al público en un recorrido por 125 años de historia cultural cubana, desde los primeros años de la República hasta las expresiones contemporáneas más vibrantes.

“El Expreso de Cuba” se presenta como una propuesta innovadora dentro de la programación de ExpoCoruña, renovando la idea de feria tradicional y transformándola en una celebración cultural interactiva. La ambientación del espacio estará diseñada para evocar un antiguo tren, con vagones temáticos que alojarán diversos espacios dedicados a rincones cafeteros que invitan a degustar cafés emblemáticos, exposiciones de arte que narran hitos del arte cubano, áreas gastronómicas con sabores de la Isla y muestras visuales que explican costumbres populares y tradiciones a lo largo de más de un siglo de historia.

La música será un pilar central de esta experiencia. Cada noche, del 19 al 22 de febrero, el público podrá disfrutar de conciertos en directo que reúnen a algunas de las orquestas y músicos más representativos de Cuba. Entre los artistas confirmados para estas jornadas se encuentran nombres de renombre como Alain Pérez y su orquesta, el legendario Isaac Delgado y su orquesta, Alexander Abreu & Havana D’Primera y la emblemática Orquesta Los Van Van, agrupaciones que simbolizan la riqueza del panorama musical cubano y su capacidad para conectar con audiencias diversas y multiculturales. Estos conciertos están pensados no solo como espectáculos musicales, sino como momentos de celebración y encuentro, donde el ritmo, la historia y la identidad se mezclan en un mismo escenario.

Además de la música en vivo, ExpoCoruña acogerá dentro de “El Expreso de Cuba” una feria de arte y cultura que incluye literatura, artes plásticas y discografía de autores cubanos. Los visitantes podrán recorrer espacios expositivos dedicados a la producción artística de la Isla, interactuar con piezas visuales que cuentan historias de su pueblo y descubrir obras que reflejan el diálogo entre tradición y modernidad. Este enfoque integral convierte al evento en una plataforma cultural amplia, que no solo entretiene, sino que educa, invita a reflexionar y fomenta el intercambio entre identidades culturales diferentes.

La gastronomía también ocupará un lugar destacado dentro de la feria. ExpoCoruña será escenario de experiencias culinarias que celebran la alta cocina cubana, con espacios dedicados a la degustación de platos típicos, bebidas emblemáticas y productos que forman parte del imaginario gastronómico de la Isla. Además, se ofrecerán productos cubanos tradicionales, como cervezas locales y otros artículos que permiten al público vivir la cultura cubana con todos los sentidos.

La presencia de “El Expreso de Cuba” dentro de ExpoCoruña 2026 no solo refuerza el carácter internacional y multicultural de esta feria, sino que también subraya la importancia de crear espacios donde distintas culturas puedan conocerse, dialogar y celebrarse mutuamente. En un mundo cada vez más interconectado, eventos como este muestran cómo la música, la comida, el arte y la historia pueden ser puentes que unen geografías y corazones, ofreciendo experiencias auténticas y memorables.

Del 19 al 22 de febrero, ExpoCoruña abrirá sus puertas a un viaje cultural que invita a descubrir Cuba en toda su riqueza: desde sus ritmos más vibrantes y sus sabores más intensos, hasta sus historias más profundas y sus expresiones artísticas más emblemáticas. Es una invitación no solo a visitar una feria, sino a vivir una celebración cultural completa, donde Galicia y Cuba se encuentran para compartir talento, memoria y futuro.

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Jazz Plaza 2026

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Jazz Plaza 2026: Cuba vuelve a latir al ritmo del jazz

Cada enero, cuando Cuba comienza un nuevo año, la música encuentra una de sus expresiones más intensas en el Festival Internacional Jazz Plaza, un evento que trasciende el simple hecho musical para convertirse en un verdadero acontecimiento cultural. La edición 41 del Jazz Plaza se celebrará del 25 de enero al 1 de febrero de 2026 y volverá a transformar al país en un gran escenario donde el jazz dialoga con las raíces, la contemporaneidad y el espíritu creativo de la Isla.

Este festival, uno de los más importantes de su tipo en América Latina, tendrá nuevamente como sedes principales a La Habana, Santiago de Cuba y Santa Clara, pero suma este año a Holguín, ampliando su alcance territorial y reafirmando su vocación integradora. Esta expansión no solo lleva el jazz a nuevos públicos, sino que fortalece la idea de un evento que pertenece a toda Cuba y que conecta distintas regiones a través de la música.

Jazz Plaza 2026 contará con la participación de artistas provenientes de 15 países, entre ellos Francia, España, Portugal, Italia, Estados Unidos, Brasil, México, Colombia, Canadá y China, entre otros. Esta diversidad convierte al festival en un punto de encuentro entre culturas, estilos y generaciones, donde el jazz se reinventa constantemente a través de la fusión con sonoridades afrocubanas, caribeñas, latinas y contemporáneas.

Más allá de los conciertos, el Jazz Plaza mantiene su carácter formativo y reflexivo. Durante la semana del evento se desarrollan coloquios, clases magistrales, talleres y encuentros teóricos que permiten el intercambio entre músicos consagrados, jóvenes creadores, estudiantes y especialistas. El Coloquio Internacional dedicado a la memoria de Leonardo Acosta vuelve a ser un espacio clave para debatir sobre la historia, el presente y los desafíos del jazz y la música cubana.

En La Habana, el festival se despliega en teatros, plazas, centros culturales y espacios al aire libre, generando una atmósfera vibrante donde la música se mezcla con la vida cotidiana de la ciudad. Cada sede ofrece una experiencia distinta: conciertos multitudinarios, presentaciones íntimas, jam sessions improvisadas y colaboraciones inesperadas que hacen del Jazz Plaza un evento vivo y cambiante.

Bajo la dirección artística del pianista cubano Roberto Fonseca, esta edición apuesta por un jazz contemporáneo que no renuncia a sus raíces. El tema musical que acompaña al festival, titulado La rumba me llama, simboliza ese puente entre el jazz internacional y la herencia rítmica afrocubana, reafirmando a Cuba como un espacio donde la tradición y la innovación conviven de manera natural.

El Festival Internacional Jazz Plaza no es solo una cita para melómanos; es una celebración de la identidad cultural cubana en diálogo con el mundo. Durante una semana, la Isla vibra al compás de trompetas, pianos, contrabajos y tambores, recordándonos que el jazz en Cuba no es un género importado, sino una forma propia de sentir, improvisar y contar historias. Jazz Plaza 2026 vuelve a demostrar que, en Cuba, la música no se escucha solamente: se comparte, se vive y se convierte en memoria colectiva.

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Fresa y Chocolate, del cine al teatro

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Fresa y Chocolate, del cine al teatro

Fresa y Chocolate, la historia cubana que marcó un antes y un después en la cinematografía iberoamericana, vuelve a cobrar vida en el escenario con una adaptación teatral renovada que se presenta actualmente en el Teatro Trail de Miami. Esta versión, dirigida por Yusnel Suárez, no solo rescata la esencia del relato original, sino que lo enriquece con música, baile, humor y nuevos personajes que amplían la narrativa clásica para un público contemporáneo.

La obra, basada en el libreto original escrito por Senel Paz, conservador del espíritu de la película que vio la luz en 1993, sitúa al espectador en una caótica Habana donde convergen contradicciones sociales, políticas y personales que dan paso a una historia de amistad poco convencional. En el centro están Diego, un artista homosexual y disidente, y David, un joven comunista heterosexual cuya relación desafía prejuicios arraigados y tabúes todavía presentes en la sociedad cubana actual. Esta puesta escénica se propone no solo rememorar los temas del filme, sino también conectar con audiencias que han vivido experiencias de exilio, nostalgia y crítica social.

El elenco reúne a destacados actores con sólida trayectoria en teatro y televisión. Encabezando la producción, Yusnel Suárez da vida a Diego, infundiendo al personaje complejidad emocional y presencia escénica. A su lado, Jeffry Batista interpreta a David, aportando matices que subrayan el choque y la eventual convergencia entre ideologías opuestas. Susana Pérez encarna a La Polaca, un personaje rico en color y dinamismo; Alberto Pujol demuestra su versatilidad asumiendo el doble rol de Pisinguilla y Armando, sumando una dimensión técnica y actoral al montaje; Yerlin Pérez interpreta a la camarera del Coppelia; Yuliet Cruz como Nancy; Roberto San Martín en el papel de Miguel, y Luis Manuel Bangán como Germán completan este grupo actoral que da vida a una historia que sigue siendo relevante décadas después de su primera versión cinematográfica.

La adaptación y dirección de Suárez proponen un formato más dinámico, incorporando música en vivo y coreografías que amplían el universo escénico y le dan a Fresa y Chocolate una energía especial para la audiencia de Miami, una ciudad donde la memoria cubana encuentra resonancia constante. La puesta en escena no solo recrea escenas icónicas, sino que también inserta momentos que permiten explorar la cultura cubana con humor y reflexión, apelando tanto a quienes conocen la historia original como a quienes se acercan por primera vez a ella.

Detrás de la producción hay un equipo técnico sólido: la escenografía a cargo de Milkos D’Sosa y Shamir Baluja, la producción musical de José Álvarez y Yunior Arronte, coreografías de Henry Gual y el diseño de iluminación de Oscar Molina contribuyen a que la obra no solo se experimente como teatro narrativo, sino como un espectáculo integral que combina música, movimiento y puesta visual en un formato que celebra la diversidad del arte cubano en el exilio.

Desde su estreno en diciembre de 2025, Fresa y Chocolate ha generado expectativas entre el público teatral de Miami, donde las funciones se desarrollan con la calificación para mayores de 18 años, respondiendo a la complejidad de sus contenidos y a la madurez emocional que exige su temática. La obra se ha convertido en un punto de encuentro para quienes buscan revisar la historia cultural cubana desde un lente contemporáneo y para quienes desean ver, en escena, una versión que respeta la memoria de un clásico sin renunciar a la vitalidad creativa.

En definitiva, esta adaptación de Fresa y Chocolate en el Teatro Trail reafirma la vigencia de una historia que trasciende épocas, traspasa fronteras y encuentra, en el teatro, un medio poderoso para seguir explorando la condición humana, las tensiones sociales y la fuerza de la amistad frente a prejuicios que parecen eternos. En Miami, esta puesta se presenta no solo como un espectáculo teatral, sino como un testimonio artístico de la perennidad de un relato que sigue emocionando.

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El fin de año en Cuba

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El fin de año en Cuba: tradiciones, deseos y esperanza

En Cuba, el final de año no es solo una fecha en el calendario: es un ritual colectivo cargado de símbolos, deseos y pequeñas ceremonias que mezclan creencias populares, herencias africanas, españolas y una creatividad muy nuestra. Cuando diciembre avanza, en muchas casas comienza una especie de preparación espiritual y emocional para dejar atrás lo malo y abrirle la puerta a lo bueno que está por venir.

Una de las costumbres más extendidas es la limpieza profunda del hogar. No se trata solo de ordenar, sino de “sacar lo viejo”, botar lo que ya no sirve, mover los muebles y dejar la casa lista para recibir el nuevo año con energía renovada. Para muchos cubanos, limpiar es también una forma de cerrar ciclos, de dejar atrás tristezas, problemas y cargas acumuladas. El hogar debe quedar ligero, como el alma.

Otra tradición muy arraigada es la del agua. Justo cuando termina el año, hay quienes lanzan cubos de agua desde puertas o balcones, simbolizando el acto de expulsar lo malo, las penas y las malas vibras. Es un gesto sencillo pero poderoso, que convierte el tránsito al nuevo año en una especie de purificación colectiva, incluso en edificios donde varios vecinos participan sin ponerse de acuerdo.

La ropa también tiene su lenguaje simbólico. El blanco es protagonista en muchas familias, especialmente por la influencia de las religiones afrocubanas, donde representa paz, claridad y protección. Vestirse de blanco en la noche del 31 es una forma de pedir un año limpio, sereno y con salud. Otros colores también aparecen: el amarillo para la prosperidad, el rojo para el amor, el verde para la esperanza. En Cuba, el deseo se viste.

La comida ocupa un lugar central. Aunque las mesas no siempre estén llenas como se quisiera, hay platos que se mantienen como símbolos de abundancia y continuidad. El cerdo asado es el gran protagonista cuando es posible, acompañado de arroz congrí, yuca con mojo y ensaladas sencillas. Compartir lo que hay, aunque sea poco, es parte esencial del rito: nadie debería despedir el año solo. En muchos barrios, la comida se comparte entre vecinos, reforzando ese sentido de comunidad tan cubano.

No faltan tampoco los rituales personales. Hay quien escribe deseos en un papel y los guarda, quien prende una vela pidiendo salud, amor o trabajo, quien se toma las doce uvas al ritmo de las campanadas improvisadas en la televisión, o quien sale a dar la vuelta a la cuadra con una maleta para atraer viajes y nuevos caminos. Son gestos íntimos, a veces casi secretos, pero cargados de fe.

La música y el ruido cumplen otra función simbólica: espantar lo malo y llamar la alegría. Se sube el volumen, se brindan abrazos, se llora un poco si hace falta y se ríe mucho también. El cubano despide el año con emoción a flor de piel, mezclando nostalgia por lo vivido y esperanza obstinada por lo que viene.

Al final, más allá de las creencias o las formas, estas tradiciones revelan algo profundo: la necesidad de creer que el año próximo puede ser mejor. En Cuba, cerrar el año es un acto de resistencia emocional, un pacto silencioso con la esperanza. Porque aunque falten cosas, nunca falta el deseo de empezar de nuevo, con todo lo bueno por venir.

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El cine en Cuba

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El cine en Cuba: luces apagadas, memoria viva

Hubo un tiempo en que ir al cine en Cuba era mucho más que sentarse frente a una pantalla. Era un acto social, una costumbre compartida, un pequeño ritual cotidiano que reunía a familias, parejas y amigos en la penumbra de una sala donde todo parecía posible. Las marquesinas iluminaban las calles, los carteles pintados a mano anunciaban estrenos, y el cine era, para muchos, la puerta más cercana al mundo. Hoy, esa escena pertenece casi por completo a la memoria.

Durante la primera mitad del siglo XX, Cuba llegó a tener una de las redes de salas de cine más amplias de América Latina. En La Habana, especialmente, los cines formaban parte esencial del paisaje urbano y de la vida cultural. No eran solo espacios de exhibición cinematográfica, sino verdaderos centros de encuentro donde se compartían emociones, debates y sueños. Ir al cine significaba salir de la rutina, imaginar otros mundos y, a la vez, reconocerse en historias ajenas.

Con el paso de los años, ese esplendor comenzó a deteriorarse. Las dificultades económicas, la falta de recursos para el mantenimiento, el envejecimiento de las infraestructuras y los cambios en los hábitos de consumo cultural fueron apagando, poco a poco, las luces de muchas salas. Lo que antes era un cine lleno de vida hoy es, en numerosos casos, un edificio cerrado, una estructura en ruinas o un espacio reconvertido para otros usos. Butacas rotas, techos que filtran agua, proyectores obsoletos y fachadas descoloridas se repiten como una imagen dolorosamente familiar.

Este deterioro no es solo material. Es también emocional y simbólico. Cada cine que cierra representa la pérdida de un espacio común donde el arte se vivía colectivamente. En un país donde la vida social siempre ha sido profundamente compartida, la desaparición de estos lugares deja un vacío difícil de llenar. Ver una película en casa no sustituye la experiencia de la sala oscura, del silencio compartido antes de que comience la proyección, de la risa o el llanto colectivo que conectaba a desconocidos durante un par de horas.

En La Habana y en muchas otras ciudades del país, algunos cines han logrado sobrevivir, aunque no sin dificultades. Otros han sido transformados en centros culturales, teatros improvisados o espacios comunitarios que intentan mantener viva la vocación artística del lugar, aunque ya no proyecten películas de manera regular. También han surgido iniciativas alternativas, como el cine móvil o las proyecciones al aire libre, que buscan llevar el séptimo arte a barrios donde ya no existe una sala funcional.

La pérdida de los cines en Cuba habla de algo más profundo que el deterioro de edificios: habla de cómo se erosionan los espacios de encuentro cultural, de cómo el acceso al arte se vuelve más limitado y de cómo se diluye una parte esencial de la memoria colectiva. Para muchas generaciones, el cine fue el primer contacto con otras culturas, otros idiomas y otras realidades. Fue también refugio, compañía y aprendizaje.

Hoy, cuando se pasa frente a un antiguo cine cerrado, no solo se ve una construcción abandonada. Se ve una historia que pide ser contada, restaurada o al menos recordada. Porque mientras existan quienes recuerden aquellas salas llenas, el cine cubano seguirá vivo, aunque sea en la nostalgia. Y quizás, algún día, las luces vuelvan a encenderse, las pantallas se iluminen de nuevo y el cine recupere su lugar como uno de los corazones culturales del país.

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San Lázaro en Cuba

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San Lázaro en Cuba: Fe, promesas y peregrinación el 17 de diciembre

Cada 17 de diciembre, Cuba se convierte en un país donde la fe, la tradición y la esperanza se entrelazan en una de las manifestaciones religiosas más importantes de su religiosidad popular: la procesión y peregrinación en honor a San Lázaro. Esta fecha no es solo un día en el calendario litúrgico, sino un momento profundo de devoción que moviliza a miles de cubanos desde todos los rincones de la isla hacia el Santuario Nacional de San Lázaro, ubicado en El Rincón, en el municipio Boyeros, en las afueras de La Habana.

San Lázaro, conocido en el mundo católico como el amigo de Jesús resucitado, ha sido en Cuba sincretizado con Babalú Ayé, una deidad del panteón yoruba asociada a la sanación de enfermedades de la piel, pestes y sufrimiento físico. Esta doble identidad católica y africana es esencial para entender cómo millones de cubanos veneran a este santo milagroso y cómo la celebración del 17 de diciembre se ha convertido en un fenómeno cultural y espiritual de enorme arraigo.

Desde la víspera del día 16, se comienzan a ver por las calles de La Habana y otras provincias a fieles que inician su camino hacia El Rincón, algunos caminando largas distancias, otros descalzos o de rodillas, muchos portando símbolos o realizando actos de penitencia para cumplir las promesas hechas al santo. La devoción popular hacia San Lázaro está llena de ejemplos conmovedores de fe y sacrificio: caminatas de rodillas, arrastrarse o cargar pesos, caminar descalzos o con muletas, y la entrega de cruces u otros objetos que simbolizan sufrimiento o gratitud. Entre las historias más comunes se encuentran personas que cumplen promesas para agradecer la recuperación de un hijo enfermo, superar una enfermedad grave o recibir protección en momentos difíciles.

La fiesta del 17 de diciembre está marcada por una estética muy propia. El color morado es el más visible y representativo de San Lázaro y Babalú Ayé en Cuba. Los fieles visten prendas moradas o indumentaria hecha de saco de yute, un tejido rústico que simboliza humildad, sufrimiento y conexión con los orígenes del culto. Las ofrendas que se colocan ante la imagen del santo son variadas: ramos de flores moradas, velas encendidas, estampas, pequeños exvotos, monedas, tabacos e incluso figuras o prendas que representan favores concedidos. Las calles cercanas al santuario se colman de gente desde el día anterior, con rituales, tambores y cantos que acompañan la llegada de los fieles, recordando las raíces africanas de la veneración.

La jornada del 17 de diciembre no es solo una misa o una procesión; es una verdadera peregrinación de pueblo. Miles de cubanos creyentes y no creyentes caminan juntos, conversan, se apoyan y comparten historias de fe en un ambiente que también se transforma en fiesta. A lo largo del trayecto se forman puestos donde se vende comida, bebidas tradicionales y recuerdos religiosos, haciendo del camino una feria popular cargada de espiritualidad y expresión cultural. Las celebraciones trascienden lo puramente espiritual, porque también son espacios de encuentro social y cultural que reflejan la identidad y el tejido comunitario de los cubanos.

Para muchos cubanos, San Lázaro representa una fuente de esperanza ante las dificultades de la vida cotidiana: problemas de salud, familiares, económicos o simplemente la búsqueda de consuelo. La fiesta del 17 de diciembre es, así, una mezcla de devoción religiosa, tradición cultural y manifestación social que revela cómo la fe popular puede convertirse en un terreno de resistencia, memoria y unión comunitaria.

En definitiva, el día de San Lázaro en Cuba es mucho más que una tradición religiosa: es una expresión viva del sincretismo cultural y espiritual que ha marcado a generaciones de cubanos, donde cada promesa, cada rodilla en el camino y cada vela encendida habla de historias personales, milagros esperados y la fuerza de una fe que sigue moviendo a multitudes cada 17 de diciembre.

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