la historia de las serenatas

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Cuando el amor llegaba cantando: la historia de las serenatas en Cuba

Mucho antes de los mensajes instantáneos, las videollamadas o las redes sociales, hubo una época en la que el amor se anunciaba de una manera muy distinta. En Cuba, como en buena parte de América Latina, las serenatas se convirtieron durante décadas en una de las expresiones más románticas de la vida cotidiana.

La escena era casi cinematográfica: una guitarra, un pequeño grupo de músicos y una ventana iluminada en medio de la noche. Debajo, alguien dispuesto a declarar sus sentimientos a través de canciones.

Las serenatas llegaron a Cuba influenciadas por las tradiciones españolas y mexicanas, pero encontraron en la Isla una personalidad propia. A medida que la trova cubana fue ganando fuerza a finales del siglo XIX y principios del XX, las canciones románticas comenzaron a ocupar un lugar especial dentro de la cultura popular.

Figuras como Sindo Garay, Manuel Corona y María Teresa Vera ayudaron a construir un repertorio que acompañó a generaciones enteras de enamorados. Muchas de sus composiciones terminaron sonando en portales, parques y calles de todo el país.

Pero las serenatas no eran exclusivas de los músicos profesionales. En barrios y pueblos cubanos era común que amigos, vecinos o familiares se reunieran para acompañar a alguien que quería sorprender a una persona especial. Lo importante no era la perfección musical, sino el gesto.

Durante buena parte del siglo XX, recibir una serenata era considerado un acontecimiento memorable. Para muchas parejas, representó el inicio de una relación, una reconciliación o incluso una propuesta de matrimonio.

Con el paso de los años, las costumbres cambiaron. La vida moderna, las nuevas tecnologías y las transformaciones sociales hicieron que las serenatas fueran cada vez menos frecuentes. Sin embargo, nunca desaparecieron por completo.

Todavía hoy sobreviven en algunas celebraciones familiares, festividades populares y encuentros musicales donde la guitarra sigue siendo protagonista. También permanecen en la memoria colectiva de quienes crecieron escuchando historias de abuelos que conquistaban cantando o de vecinos que se despertaban de madrugada al escuchar un bolero debajo de una ventana.

Porque hubo un tiempo en que las canciones no se enviaban por teléfono.

Se llevaban personalmente, bajo las estrellas, con una guitarra en la mano y el corazón en la voz.

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Los pregoneros de Cuba

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Los pregoneros de Cuba: las voces que terminaron haciendo historia

Mucho antes de la radio, la televisión o las redes sociales, las calles de Cuba ya tenían su propia banda sonora. Cada mañana, en barrios y ciudades de toda la Isla, era común escuchar voces que anunciaban la llegada del pan, las frutas, los tamales o el maní.

Eran los pregoneros, vendedores ambulantes que recorrían las calles utilizando melodías y frases cantadas para llamar la atención de los clientes. Lo que comenzó como una forma práctica de vender terminó convirtiéndose en una de las expresiones más auténticas de la cultura popular cubana.

Cada pregonero tenía su propio estilo. Algunos improvisaban, otros repetían melodías heredadas de generaciones anteriores y muchos eran reconocidos por los vecinos simplemente por el sonido de su voz. Sus cantos se convirtieron en parte del paisaje cotidiano de Cuba.

Con el paso del tiempo, aquellos pregones comenzaron a influir en la música popular cubana. El caso más famoso es el de El Manisero, inspirado en los vendedores de maní que recorrían las calles habaneras. Compuesta por Moisés Simons en 1928, la canción se convirtió en uno de los mayores éxitos internacionales de la música cubana y ayudó a difundir los ritmos de la Isla por todo el mundo.

Pero el maní no fue el único protagonista. También existieron pregones dedicados a tamales, frutas, dulces y otros productos que formaban parte de la vida cotidiana. Muchos músicos encontraron inspiración en aquellas voces anónimas que llenaban de música las calles.

Hoy los pregoneros son menos frecuentes que décadas atrás, pero su legado sigue vivo. Permanecen en canciones, grabaciones antiguas y en la memoria de quienes crecieron escuchando aquellas voces que anunciaban mucho más que un producto: anunciaban la llegada de una tradición.

Porque antes de los grandes escenarios, la música cubana ya se escuchaba en cada esquina.

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Frases del cine cubano

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Frases del cine cubano que se quedaron para siempre en la memoria popular

El cine cubano no solo dejó grandes películas. También dejó frases, personajes y maneras de hablar que terminaron formando parte del lenguaje cotidiano de varias generaciones.

Muchas veces los cubanos repiten expresiones, citan escenas o recuerdan diálogos completos sin siquiera pensar que nacieron en una sala de cine.

Algunas películas lograron algo extraordinario: trascender la pantalla y convertirse en parte de la cultura popular.

Vampiros en La Habana: humor que no envejece

Estrenada en 1985 y dirigida por Juan Padrón, Vampiros en La Habana se convirtió en una de las películas de animación más queridas de Cuba.

Su mezcla de sátira, absurdo y cubanía produjo escenas y diálogos que todavía hoy circulan en redes sociales, memes y conversaciones cotidianas.

Más que una película animada, terminó convirtiéndose en una obra de culto para varias generaciones.

Se Permuta: la Cuba de los intercambios eternos

Pocas películas retrataron mejor la realidad cotidiana cubana que Se Permuta.

Dirigida por Juan Carlos Tabío y protagonizada por Rosita Fornés, la cinta convirtió el fenómeno de las permutas en una comedia inolvidable.

Décadas después, muchas personas siguen utilizando referencias a la película cuando hablan de mudanzas, viviendas o intercambios imposibles.

Plaff: cuando la paranoia se convirtió en cine

Estrenada en 1988 bajo la dirección de Juan Carlos Tabío, Plaff utilizó el humor para retratar la paranoia, los rumores y las tensiones sociales.

Su tono irreverente la convirtió en una de las películas más originales del cine cubano y en una referencia obligada para entender el humor nacional.

Fresa y Chocolate: una película que cambió conversaciones

Cuando Fresa y Chocolate llegó a los cines en 1993, no fue solamente un éxito cinematográfico.

La película dirigida por Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío abrió debates sobre tolerancia, diversidad, arte y libertad individual.

Su influencia trascendió el cine y terminó formando parte de la historia cultural cubana.

Cuando una película se convierte en memoria

Las grandes películas no desaparecen cuando terminan los créditos.

Siguen vivas en frases, chistes, recuerdos familiares y conversaciones entre amigos.

Por eso, más que películas, obras como Vampiros en La Habana, Se Permuta, Plaff o Fresa y Chocolate terminaron convirtiéndose en parte de la memoria colectiva de Cuba.

Y quizás ahí radica el verdadero éxito del cine: cuando deja de pertenecer a la pantalla para empezar a formar parte de la vida cotidiana.

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Dominó en Cuba

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Dominó en Cuba: mucho más que un juego, una forma de reunirse

Hablar de dominó en Cuba no es hablar simplemente de fichas y reglas. Es hablar de portales, esquinas, tardes enteras bajo el calor, discusiones familiares, vecinos gritando “¡se trancó!” y generaciones compartiendo una mesa.

En Cuba, el dominó funciona como punto de encuentro. Se juega en los barrios, en las casas, durante cumpleaños, fiestas familiares y reuniones improvisadas. Muchas veces ni siquiera importa quién gana; lo importante es sentarse, conversar y pasar horas entre bromas, rivalidades y anécdotas.

Las partidas suelen jugarse en parejas y una de las características más distintivas del dominó cubano es la intensidad con la que se vive cada mano. Golpes sobre la mesa, celebraciones exageradas, discusiones sobre una ficha mal jugada y frases que forman parte del ritual colectivo convierten cada partida en un espectáculo propio.

Durante décadas, el dominó ha acompañado la vida cotidiana de los cubanos dentro y fuera de la Isla. En muchos lugares del mundo donde existe una comunidad cubana, basta una mesa, unas fichas y cuatro personas para que aparezca inmediatamente un pedazo de Cuba.

Más que un entretenimiento, el dominó se convirtió en un lenguaje común entre generaciones. Padres, hijos, abuelos y amigos comparten una tradición que sigue viva incluso en medio de los cambios culturales y tecnológicos.

Quizás por eso, cuando un cubano escucha el sonido de unas fichas chocando sobre una mesa, no piensa solamente en un juego. Piensa en su barrio, en su familia, en sus amigos y en esas tardes que parecían no terminar nunca.

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Desfile en La Plaza de la catedral

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La Plaza de la Catedral se convirtió en pasarela: así nació uno de los desfiles más comentados de La Habana reciente

El pasado 15 de mayo, la histórica Plaza de la Catedral dejó de ser solamente uno de los espacios más emblemáticos de La Habana Vieja para transformarse en una enorme pasarela al aire libre. Entre adoquines coloniales, balcones antiguos y siglos de historia cubana, tuvo lugar uno de los eventos de moda más comentados de las últimas semanas en Cuba.

La presentación estuvo vinculada a la colección Barrio de la firma DEVI DEVI, un proyecto creativo que ha comenzado a llamar la atención por mezclar moda, identidad urbana cubana y referencias visuales profundamente conectadas con la calle habanera.

Más que un simple desfile, el evento funcionó como una intervención cultural dentro del corazón de La Habana Vieja. La elección de la Plaza de la Catedral no fue casual: uno de los espacios patrimoniales más importantes de Cuba convertido, por una noche, en escenario para una nueva generación de diseñadores, estilistas y creativos cubanos.

La colección presentada apostó por una estética muy ligada a la identidad popular cubana: referencias al barrio, a la calle, al calor urbano y a una juventud cubana contemporánea que mezcla precariedad, creatividad y estilo propio. Lejos de las pasarelas tradicionales o del lujo distante, la propuesta buscaba dialogar con una Cuba real, reconocible y visualmente poderosa.

Uno de los aspectos más comentados del desfile fue precisamente el contraste entre el entorno colonial de la plaza y la estética moderna de las prendas, creando una imagen que rápidamente comenzó a circular por redes sociales y medios independientes. La Habana aparecía no solo como fondo, sino como parte viva del discurso visual del proyecto.

Aunque todavía se conocen pocos detalles públicos sobre todos los patrocinadores y estructuras detrás del evento, el desfile dejó claro algo importante: existe una nueva escena creativa cubana intentando construir espacios propios dentro de la moda, la fotografía y la cultura visual contemporánea.

El proyecto también refleja un fenómeno cada vez más visible dentro de Cuba: la utilización de espacios históricos y urbanos como plataformas culturales híbridas, donde se mezclan moda, performance, música y arte visual. Una tendencia que conecta con movimientos similares en otras capitales creativas del mundo, pero desde una identidad profundamente cubana.

Durante años, la Plaza de la Catedral ha sido escenario de conciertos, encuentros culturales y celebraciones populares. Pero esta vez, la moda ocupó el centro de la escena. Y lo hizo mirando hacia el barrio, hacia la calle y hacia una nueva generación que intenta redefinir cómo se ve Cuba hoy.

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Norheimsund

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“Norheimsund”: el cortometraje cubano que pone rostro al deseo de escapar

Norheimsund, escrito y dirigido por Ana Alpízar, es uno de esos cortometrajes que incomodan precisamente porque se sienten demasiado reales. La historia sigue a Yaimita, una adolescente cubana que mantiene una relación a distancia con un hombre noruego mucho mayor que ella. Lo que inicialmente parece una historia íntima o incluso extraña, termina revelando una realidad mucho más compleja: la desesperación de una generación que ve la emigración como única salida posible.

En el cortometraje, Yaimita y su madre proyectan sobre ese hombre extranjero la posibilidad de escapar de la precariedad cotidiana en Cuba. Más que romance, lo que existe es una negociación silenciosa entre necesidad, esperanza y supervivencia.
Lejos de caer en el juicio moral o en el melodrama fácil, Ana Alpízar construye una película profundamente humana, donde los silencios, las miradas y los pequeños gestos cuentan mucho más que los diálogos. El resultado es un retrato incómodo, honesto y dolorosamente cercano para muchos cubanos.
Uno de los aspectos más comentados de Norheimsund ha sido precisamente su realismo. La película aborda dinámicas que forman parte de conversaciones cotidianas dentro de Cuba, pero que pocas veces aparecen representadas en pantalla con tanta crudeza y sensibilidad.

La fuerza del cortometraje no pasó desapercibida en el circuito internacional. La obra compitió en la prestigiosa sección Horizontes del Venice Film Festival y también formó parte del Sundance Film Festival, dos de los espacios cinematográficos más importantes del mundo.
Más allá de los festivales, Norheimsund deja una pregunta flotando después de terminar:
¿cuántas decisiones difíciles nacen realmente del deseo… y cuántas de la necesidad?
Porque detrás de la historia de Yaimita no hay solamente ficción.
Hay una realidad cubana que muchos conocen demasiado bien.

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COBIJO CUBANO

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Cobijo: el proyecto que se ha convertido en un refugio para cientos de cubanos que llegan a España

Llegar a un nuevo país nunca es fácil. Pero para muchos cubanos que aterrizan en España después de rutas migratorias largas, inciertas y agotadoras, el primer gran problema no es encontrar trabajo: es simplemente encontrar dónde dormir.

En medio de esa realidad nació Asociación Cobijo Cubano, un proyecto creado en Madrid en 2022 que se ha convertido en una red de apoyo para inmigrantes cubanos en situación vulnerable. Más que una asociación, muchos la describen como una familia improvisada en medio del desarraigo.

La iniciativa fue impulsada por el sacerdote cubano Bladimir Navarro, quien comenzó a recibir a cubanos recién llegados que no tenían hogar, recursos ni redes de apoyo en España. Lo que empezó acogiendo a una sola familia terminó creciendo hasta convertirse en una estructura solidaria con múltiples casas de acogida y una red de voluntarios que ayuda con alimentos, ropa, acompañamiento psicológico, asesoría legal y búsqueda de empleo.

El nombre del proyecto no es casual. “Cobijo” significa amparo, protección, refugio. Y eso es exactamente lo que intenta ofrecer a personas que muchas veces llegan después de atravesar países enteros, dormir en estaciones, pasar hambre o vivir meses de incertidumbre migratoria.

Uno de los testimonios más impactantes recogidos por medios que han documentado el proyecto es el de una familia cubana que atravesó varios países europeos con una niña pequeña en brazos antes de llegar a Madrid sin dinero ni un lugar donde quedarse. Historias similares se repiten constantemente entre quienes encuentran en Cobijo un primer espacio seguro para empezar de nuevo.

Pero el proyecto no se limita a dar techo. Uno de sus aspectos más humanos es el acompañamiento emocional. Según ha explicado Bladimir Navarro, muchos migrantes llegan profundamente afectados por el miedo, la desconfianza y la presión acumulada tras años viviendo situaciones extremas dentro y fuera de Cuba.

Por eso, además de la ayuda material, el proyecto busca reconstruir algo menos visible: la sensación de dignidad y pertenencia.

Con el paso del tiempo, Cobijo ha logrado crear una comunidad donde antiguos beneficiados terminan ayudando a quienes llegan después. Algunos colaboran como voluntarios, otros donan ropa, comida o tiempo. La idea es generar una cadena de solidaridad entre cubanos que entienden exactamente lo que significa empezar desde cero en otro país.

Actualmente, el proyecto cuenta con varias casas de acogida en Madrid y ha ayudado a cientos de personas desde su creación. Además, han impulsado campañas de donaciones, actividades culturales y eventos benéficos para sostener económicamente la iniciativa.

En una época donde la migración suele reducirse a cifras y estadísticas, Cobijo pone rostro a una realidad mucho más compleja: la de personas que abandonan su país buscando estabilidad, pero también humanidad.

Porque a veces emigrar no empieza encontrando trabajo.Empieza encontrando una puerta abierta.

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Soy Cuba

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“Soy Cuba”: la toma imposible que redefinió el lenguaje del cine

En 1964, el director soviético Mijaíl Kalatózov estrenó Soy Cuba, una película que, más allá de su narrativa, pasaría a la historia por su revolucionario lenguaje visual.

Rodada en colaboración entre Cuba y la Unión Soviética, la película no solo destacaba por su carga estética y poética, sino por una serie de decisiones técnicas que, incluso hoy, siguen siendo difíciles de explicar sin asombro. Entre ellas, una de las secuencias más icónicas del cine mundial: una toma continua que comienza en lo alto de un edificio, desciende, atraviesa una multitud y termina bajo el agua de una piscina.

Todo esto, en 1964. Sin drones. Sin CGI. Sin estabilizadores digitales.

La escena fue posible gracias al trabajo del director de fotografía Serguéi Urusevski, quien diseñó un sistema completamente artesanal. La cámara, pesada y delicada, se desplazaba mediante cables, poleas y un equipo humano perfectamente sincronizado. En ciertos momentos, era literalmente pasada de mano en mano entre operadores, incluso a través de ventanas, para mantener la continuidad del plano.

El margen de error era prácticamente inexistente. Un fallo mínimo una mano que no llegara a tiempo, un cable mal tensado, un paso en falso podía arruinar la toma completa. Y no solo eso: el costo del equipo era altísimo, lo que convertía cada intento en una operación de alto riesgo.

Lo que hace aún más impresionante esta secuencia no es solo su complejidad técnica, sino su intención artística. No se trata de un alarde vacío, sino de una forma de sumergir al espectador en la escena, eliminando los cortes y construyendo una experiencia fluida, casi hipnótica.

Décadas después, cineastas de todo el mundo han estudiado esta película como referencia. Directores como Martin Scorsese han destacado su valor, contribuyendo a su redescubrimiento en los años 90, cuando Soy Cuba pasó de ser una obra poco conocida a convertirse en pieza de culto.

Hoy, en una era dominada por efectos digitales y herramientas tecnológicas avanzadas, esta escena sigue planteando una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto la innovación depende de la tecnología… y no del ingenio humano?

Soy Cuba no solo es una película.Es una demostración de lo que se puede lograr cuando el cine se lleva al límite.

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Thomas Bangalter

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Thomas Bangalter: del sonido electrónico al ballet, el nuevo giro del ex Daft Punk

Cuando se habla de Daft Punk, la imagen inmediata es la de cascos, sintetizadores y pistas de baile. Pero uno de sus miembros, Thomas Bangalter, lleva años construyendo un camino completamente distinto: lejos del club, cada vez más cerca del arte contemporáneo y la música escénica.

Su más reciente proyecto confirma ese giro. Bangalter ha anunciado Mirage – Ballet for 16 Dancers, una nueva obra musical creada específicamente para ballet, que verá la luz en junio de 2026.

La pieza, concebida junto al coreógrafo Damien Jalet y el artista visual Kōhei Nawa, propone una experiencia escénica donde música, cuerpo y espacio se transforman constantemente. Se trata de una composición que se mueve entre lo minimalista y lo experimental, muy alejada del sonido que popularizó durante su etapa en Daft Punk.

Este no es un movimiento aislado. Desde la separación del dúo en 2021, Bangalter ha apostado por un lenguaje más sinfónico y conceptual. En 2023 ya había sorprendido con Mythologies, una partitura orquestal para ballet que marcó su primera gran incursión en el mundo clásico, alejándose casi por completo de la electrónica.

A esto se suman proyectos escénicos donde la música se construye en diálogo directo con el movimiento, el espacio y la imagen, consolidando una nueva etapa en su carrera donde el sonido deja de ser solo algo que se escucha, para convertirse en algo que también se observa y se interpreta físicamente.

Lo interesante de este proceso no es solo el cambio de estilo, sino lo que representa. Bangalter no está abandonando la electrónica: la está expandiendo. Está llevando su lenguaje a nuevos formatos, donde la pista de baile se transforma en escenario y el DJ en compositor.

En Mirage, esa transición se vuelve aún más evidente. La obra no busca replicar la energía del club, sino explorar estados emocionales y físicos a través de la danza, construyendo una experiencia más contemplativa y sensorial.

Este tipo de evolución refleja una tendencia más amplia: artistas que cruzan fronteras entre géneros y disciplinas, rompiendo las barreras entre la música electrónica, la composición clásica y las artes escénicas. Pero en el caso de Bangalter, hay algo más profundo: una necesidad de redefinir su identidad artística fuera del mito.

Hoy, sin casco y sin personaje, su trabajo se centra en la composición, la colaboración y la exploración.

Y quizás ahí está lo más interesante:que uno de los arquitectos del sonido del futuro…ahora está escribiendo música para el cuerpo.

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Alberto Yarini

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Yarini hoy: el mito que La Habana no ha dejado morir

En La Habana hay nombres que no se dicen solo para recordar, sino para reinterpretar. Uno de ellos es Alberto Yarini. Más de un siglo después de su muerte, su figura sigue moviéndose entre la historia y el mito, entre la realidad documentada y la imaginación popular.

Pero hablar de Yarini hoy no es repetir su biografía. Es entender por qué, en una ciudad que ha cambiado tanto, su nombre sigue apareciendo en conversaciones, obras de teatro, canciones y hasta en la forma en que se construyen ciertos imaginarios masculinos en Cuba.

Yarini fue, en su tiempo, una figura contradictoria: político, proxeneta, hombre de alta sociedad y figura del bajo mundo habanero. Esa mezcla que en otro contexto podría parecer irreconciliable es precisamente lo que lo convierte en mito. No encaja en una sola narrativa, y por eso se reinventa constantemente.

En la Habana actual, su figura ha trascendido el personaje histórico para convertirse en símbolo. Para algunos, representa el poder de la astucia criolla, la capacidad de moverse entre diferentes mundos sin pertenecer del todo a ninguno. Para otros, es una expresión de la masculinidad tradicional cubana, cargada de códigos de honor, seducción y dominio. Y para muchos más, es simplemente una historia fascinante que sigue generando preguntas.

Lo interesante es cómo Yarini ha sido reinterpretado por las nuevas generaciones. Ya no es solo el personaje de inicios del siglo XX que controlaba redes de prostitución en el barrio de San Isidro. Hoy aparece en discursos artísticos contemporáneos, en obras que lo cuestionan, lo resignifican o incluso lo desmontan.

En un contexto donde se revisan constantemente los relatos históricos, Yarini se convierte en una figura incómoda pero necesaria. ¿Es un símbolo de poder o de decadencia? ¿Un héroe popular o una construcción romántica de la marginalidad? La respuesta cambia según quién la cuente.

También hay algo profundamente habanero en su permanencia. La ciudad, con su mezcla de glamour y precariedad, de historia y reinvención constante, parece necesitar figuras como Yarini para narrarse a sí misma. Es como si su historia ayudara a explicar esa dualidad que todavía define a La Habana.

Hoy, en barrios como San Isidro, donde el arte contemporáneo y las tensiones sociales conviven en el mismo espacio, la figura de Yarini adquiere nuevas lecturas. Ya no es solo el hombre que fue, sino lo que representa en un presente donde las fronteras entre lo oficial y lo alternativo siguen siendo difusas.

Quizás por eso Yarini sigue vivo. No en el sentido literal, sino en la forma en que su historia se adapta, se transforma y se discute. No es un recuerdo estático, sino un relato en movimiento.

En una Cuba donde la identidad se redefine constantemente, mirar a Yarini hoy no es mirar al pasado. Es, en muchos sentidos, una forma de entender el presente.

Porque hay personajes que pertenecen a la historia…y otros que nunca dejan de ser actualidad.

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