“Adiós Cuba”

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“Adiós Cuba”: cuando el cine escucha las despedidas de una nación

“Adiós Cuba”, la más reciente película del realizador Rolando Díaz, se ha convertido en una de las obras cubanas más comentadas del año por su fuerza emocional, su mirada honesta al éxodo y su manera profundamente humana de narrar lo que significa despedirse de un país. El filme sigue a Caridad, una directora de teatro cubana radicada en Valencia e interpretada magistralmente por Yuliet Cruz, quien decide montar una obra basada en testimonios reales de emigrantes cubanos. A partir de ese proceso creativo, la película construye un puente entre ficción y documento, entre historias personales y memoria colectiva, haciendo que cada relato cobre vida frente a la cámara. La trama se articula alrededor de estas voces reales que comparten experiencias sobre sus salidas de Cuba: travesías peligrosas, despedidas dolorosas, encuentros inesperados, nostalgias incurables y también humor, porque incluso en medio del desgarro los cubanos siempre encuentran una manera de reír. Junto a Cruz, aparecen actores como Frank Moreno, Betiza Bismark y Grisell Monzón, formando un elenco que combina intérpretes profesionales con personas que han vivido el éxodo, lo que le da al filme un pulso auténtico y profundamente conmovedor.

La película ha dejado una huella notable en cada proyección internacional, y una prueba de su impacto es que ganó recientemente el Premio del Público en Italia, durante el Festival Ibero-Latinoamericano de Trieste. Este reconocimiento es especialmente significativo porque no proviene de un jurado especializado, sino de los espectadores, lo que confirma la capacidad del filme para conmover, conectar y abrir conversaciones más allá de fronteras y contextos. El público europeo destacó la sinceridad de las historias, la interpretación de Yuliet Cruz y la sensibilidad con que Díaz transforma testimonios en una experiencia cinematográfica que se siente íntima y universal.

Rolando Díaz, con su larga trayectoria en el cine cubano, apuesta aquí por un lenguaje sobrio y cercano; la cámara se queda junto a los rostros, los silencios, los gestos mínimos que revelan mundos interiores. Las escenas del montaje teatral funcionan como un corazón palpitante dentro de la historia, permitiendo que los testimonios se transformen en arte, y el arte en un modo de entender la realidad. “Adiós Cuba” no se limita a mostrar el acto de emigrar: explora el porqué, el para qué y cómo esas decisiones transforman no solo a quienes parten, sino también a los que esperan. La película ha sido celebrada por su sensibilidad y su valentía al abordar un tema que marca a varias generaciones, y por la forma en que convierte el dolor en diálogo, la nostalgia en memoria común y las despedidas en un retrato profundo de identidad.

El resultado es una obra que duele y reconforta a la vez. Una película que recuerda que detrás de cada maleta hay un mundo entero, y que el adiós, cuando se repite tantas veces en una nación, termina convirtiéndose en parte esencial de su ADN emocional. “Adiós Cuba” no es solo cine: es memoria viva, es escucha, es una invitación a entender lo que todavía no hemos terminado de decirnos como país.

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Cádiz y La Habana: dos orillas, una misma luz

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Cádiz y La Habana: dos orillas, una misma luz

Cuando pisas Cádiz por primera vez, puedes tener la extraña sensación de haber cruzado el Atlántico sin moverte. Las fachadas azul marino y crema que miran al mar, los balcones de hierro forjado, el viento salado del océano… incluso el paseo marítimo parece un eco del Malecón habanero. Y aunque esta impresión pueda parecer romántica o superficial, existen raíces históricas y arquitectónicas que explican esa conexión tan íntima entre ambas ciudades.

Durante los siglos XVI al XVIII, Cádiz fue el gran puerto de acceso del Imperio español hacia América, llegando a monopolizar el comercio con las colonias cuando la Casa de Contratación se trasladó desde Sevilla en 1717. Aquella posición privilegiada convirtió a la ciudad en un espacio cosmopolita, próspero y abierto al mundo, desde donde ideas, estilos y tendencias urbanas viajaron a América.

Al otro lado del océano, La Habana se convirtió en un enclave esencial del mundo colonial: puerto de entrada, punto de intercambio cultural y origen de una arquitectura que reinterpretó las influencias europeas bajo el sol del Caribe.

Un nombre destaca en esta relación transatlántica: Pedro de Medina, arquitecto gaditano cuya obra en La Habana ejemplifica el vínculo formal entre ambas ciudades. Su legado, visible en construcciones emblemáticas como la Catedral de La Habana o la Casa de Obrapía, muestra cómo el barroco andaluz fue asumido y transformado en Cuba. Medina llevó consigo los patios luminosos, las fachadas ornamentadas y los balcones de hierro típicos del sur de España, adaptándolos a la intensidad de la luz y al clima caribeño.

El parecido entre ambas urbes se percibe en múltiples rincones: el paseo marítimo de Cádiz y el Malecón de La Habana comparten función, estampa y vocación ciudadana de mirar al Atlántico. Las murallas gaditanas de los siglos XVII y XVIII encuentran su reflejo en las fortalezas de la bahía habanera, y las calles estrechas del casco antiguo de Cádiz evocan el pulso, la luz y el ritmo de la capital cubana.

Pero el parecido no es solo visual: es también emocional. Para muchos cubanos que visitan Cádiz, la sensación es la de regresar a casa. La vista, la brisa, la luz y la vida urbana gaditana despiertan ecos de La Habana. Y, a su vez, el legado arquitectónico de Cádiz vive en la isla, transformado por la creatividad cubana, la influencia africana y la energía del trópico.

Por eso, cuando decimos que La Habana se parece a Cádiz, no hablamos solo de una postal. Hablamos de una historia compartida que viajó en barcos de plata, en balcones de hierro y en planos de arquitectos que soñaban con el mar. Cádiz fue fuente; La Habana, espejo. Y juntas, a pesar de los 7.400 kilómetros que las separan, siguen reflejando una misma luz: la del Atlántico que une más de lo que separa.

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20ª Semana Belga en Cuba

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20ª Semana Belga en Cuba: dos décadas de cooperación cultural

Este año marca la 20ª edición de la Semana Belga en Cuba, un evento que reúne arte, música, cine y teatro, consolidando dos décadas de colaboración cultural entre Bélgica y Cuba. Del 5 al 14 de noviembre de 2025, sedes en La Habana y Matanzas acogerán una programación diversa que celebra el intercambio artístico y la continuidad de los vínculos entre ambos países.

Fotografía: Néstor Martí

La Embajada del Reino de Bélgica en Cuba, encabezada por el embajador Mathias Kende, subraya que este aniversario representa un reconocimiento a la relación sostenida entre las dos naciones. En estas veinte ediciones, la Semana Belga ha promovido el diálogo entre distintas tradiciones culturales, lenguas y formas de creación.

El programa de esta edición combina actividades musicales, visuales y escénicas, pensadas tanto para el público especializado como para quienes se acercan por primera vez a la cultura belga.

En el ámbito musical destacan varias presentaciones. El dúo belga Dyad, integrado por el acordeonista Didier Laloy y el contrabajista Adrien Tyberghein, se presentará junto al percusionista cubano Adel González el 6 de noviembre en la Sala José White de Matanzas, en un concierto que une improvisación y tradición. El 8 de noviembre, en La Habana, el pianista Jef Neve, el dúo Dyad, el saxofonista Janio Abreu y la Orquesta del Lyceum Mozartiano de La Habana ofrecerán un concierto conjunto. Además, el 9 de noviembre se realizará una descarga improvisada en la terraza del Loft Habana, como parte de las propuestas de encuentro informal entre músicos cubanos y belgas.

Fotografía: Dayron Vegaz

Las artes visuales y escénicas ocupan también un lugar relevante. En la Vitrina de Valonia se inaugurará una exposición retrospectiva sobre las veinte ediciones de la Semana Belga, curada por Lilien Trujillo y Lysbeth Daumont, que reúne carteles, programas y registros históricos. Paralelamente, se presentará la muestra “100 años del Art Déco: de Bruselas a La Habana”, con la colaboración del artista belga Gaspard Giersé, quien impartirá una conferencia sobre el tema en Nodo Habana el 13 de noviembre.

En el ámbito teatral, la compañía suiza Andrayas y el grupo cubano Teatro de las Estaciones ofrecerán espectáculos dirigidos a niños y adolescentes, reafirmando la vocación de la Semana por llegar a públicos diversos.

La edición de 2025 coincide además con los 120 años de relaciones diplomáticas entre Bélgica y Cuba, un contexto que refuerza el valor de esta cooperación cultural. La Semana Belga no solo presenta manifestaciones artísticas foráneas, sino que impulsa proyectos conjuntos y el desarrollo de nuevas propuestas creativas. Ejemplo de ello es la colaboración entre los Estudios de Animación del ICAIC y el estudio belga Caméra-etc, orientada a la producción audiovisual y la formación artística.

La programación de esta vigésima edición combina la perspectiva histórica del evento con una mirada actual sobre las prácticas culturales contemporáneas, incorporando nuevas generaciones de artistas y ampliando los espacios de participación.

La Semana Belga en Cuba 2025 se reafirma así como un espacio de cooperación y aprendizaje mutuo, que a lo largo de veinte años ha contribuido a fortalecer los lazos culturales entre ambos países mediante el arte, la música, el teatro y el cine.

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Calles habanera

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Historias que no sabías detrás de los nombres de las calles habaneras

En la Cuba actual, pocas expresiones musicales han generado tanto debate y controversia como el reparto. Surgido a principios de la segunda década del siglo XXI, este fenómeno cultural ha dado mucho de qué hablar, no solo entre los fanáticos de la música, sino también en las redes sociales y los medios de comunicación oficiales. ¿Pero qué es realmente el reparto? ¿Por qué ha sido tan polémico y qué significa para nuestra sociedad?

La calle Obispo, por ejemplo, fue bautizada en honor al obispo Juan de las Cabezas Altamirano, quien impulsó su reparación en el siglo XVII para unir el puerto con la Plaza de Armas. Los habaneros, agradecidos o quizás irónicos como buenos criollos, comenzaron a llamarla “la calle del Obispo”. Hoy, Obispo es el corazón turístico y comercial de la Habana Vieja, donde conviven lo sagrado y lo profano entre librerías, bares, turistas y habaneros que la cruzan cada día sin imaginar que pisan sobre siglos de historia.

San Lázaro, en cambio, tiene alma de promesa. Su nombre proviene del antiguo hospital de leprosos que allí existía, y que dio origen a una de las tradiciones de fe más arraigadas en el pueblo cubano. Cada 17 de diciembre, miles de personas recorren la calle San Lázaro hasta el Santuario del Rincón, cumpliendo promesas al santo milagroso. En ella la devoción se mezcla con la vida cotidiana, como si el polvo del camino guardara la energía de todas esas plegarias que aún resuenan entre los pasos de los creyentes.

Zanja parece un nombre humilde, pero fue sinónimo de modernidad. En el siglo XVI, por allí corría el canal que traía agua desde el río Almendares hacia el centro de la ciudad: la famosa “Zanja Real”. Por ese cauce fluía la vida misma, y a su alrededor crecieron barrios, comercios y leyendas. Hoy, aunque el agua ya no pasa por allí, la calle Zanja sigue siendo uno de los puntos más vivos de La Habana, especialmente por su vibrante comunidad china. Es una metáfora perfecta: el curso cambió, pero el espíritu sigue fluyendo.

Y si de grandeza se trata, la calle Reina (oficialmente Simón Bolívar, aunque nadie la llame así) nació para ser majestuosa. Llevó el nombre de la reina Isabel II y fue símbolo de estatus, elegancia y vida urbana durante el siglo XIX. Por ella pasaban los tranvías y se abrían las tiendas más refinadas, donde la alta sociedad habanera lucía sus trajes de gala. Hoy, Reina combina su antiguo esplendor con el bullicio moderno, y aunque el tiempo la haya cambiado, conserva ese aire de realeza que la distingue de todas las demás.

Caminar por La Habana es como leer un libro sin tapas, donde cada calle es un capítulo distinto, lleno de personajes, anécdotas y símbolos. Es una ciudad que se cuenta sola, que guarda en sus nombres la memoria de sus santos, sus gobernantes, sus oficios y sus sueños. Porque en La Habana, nada se llama así por casualidad: todo tiene historia, alma y sabor.

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Festival Cultural Iberoamericano

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Holguín, epicentro cultural de Iberoamérica 2025

Del 24 al 30 de octubre de 2025, la ciudad de Holguín se convertirá una vez más en el corazón cultural de Iberoamérica con la celebración de la 31.ª edición del Festival Cultural Iberoamericano.
Este evento, organizado por la Casa de Iberoamérica y la Dirección Provincial de Cultura de Holguín, se ha transformado en mucho más que una fiesta: es un punto de encuentro entre arte, pensamiento y sostenibilidad.

Dedicado este año al tema “Cultura y Desarrollo Sostenible”, el festival reunirá a más de 100 artistas cubanos y 25 invitados internacionales provenientes de 12 países, creando un mosaico de lenguas, estilos y tradiciones.

La inauguración contará con un concierto de la Orquesta Sinfónica de Holguín junto a la Steel Band del Cobre (Santiago de Cuba), marcando el inicio de una semana que integrará música, literatura, arte visual, cine y pensamiento crítico.

El programa incluye el XX Congreso Iberoamericano de Pensamiento, donde se debatirán las raíces, la identidad y los desafíos culturales contemporáneos; el Coloquio Iberoamericano de Literatura; la Muestra Iberoamericana de Artes Visuales (también en formato virtual); la Feria Iberoarte de artesanía; el Encuentro de Artistas del Papel, dedicado a Electa Arenal; además de proyecciones audiovisuales y foros sobre cultura comunitaria y desarrollo local.

Desde su creación en 1993, tras el impulso cultural del V Centenario del Encuentro de Dos Mundos, el festival ha consolidado a Holguín como una referencia viva del intercambio cultural iberoamericano.
Más que un evento, es una experiencia colectiva donde la cultura se convierte en herramienta de transformación social.

En un mundo que busca nuevos espacios para el arte y el diálogo, Holguín se presenta como un faro caribeño de creatividad y reflexión, donde la cultura no solo se celebra, sino que se construye, proyectando un futuro sostenible desde la identidad y la comunidad.

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Así se habla en cubano

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El idioma del cuerpo: así se habla en cubano

Hablar en cubano es un arte, una coreografía entre palabras, gestos y emociones. No se trata solo de lo que se dice, sino de cómo se dice. Cada frase lleva un ritmo, un movimiento del cuerpo y una mirada que completan el mensaje. En Cuba, la lengua no se limita a la boca: habla todo el cuerpo. El cubano no conversa, interpreta. Es un actor espontáneo en cada diálogo cotidiano. Mueve las manos, alza las cejas, abre los ojos, y con un gesto puede decir más que con una oración entera. A veces basta una inclinación de la cabeza o un chasquido con la lengua para expresar acuerdo, sorpresa o ironía. La gestualidad cubana tiene la cadencia de la música con la que convive; parece que las palabras bailan.

El idioma se llena de imágenes, metáforas y refranes que colorean la conversación. “Más sabe el diablo por viejo que por diablo”, “el que no tiene de congo tiene de carabalí”, “a falta de pan, casabe”, o “lo que está pa’ ti, nadie te lo quita”. Cada uno encierra una filosofía práctica de la vida, una sabiduría nacida del ingenio y la supervivencia. En Cuba, hablar también es una forma de resistir, de mantener el humor en medio de lo incierto, de encontrar belleza en lo cotidiano. Por eso el habla cubana es rápida, musical y cargada de intención. Las palabras se acortan, se funden, se reinventan. Decir “¿Qué bolá?” no es solo un saludo; es una invitación a compartir, a entrar en confianza. “Asere”, “mi hermano”, “mi socio” son maneras de acercarse al otro, de romper distancias.

Cada región aporta sus matices, pero todas conservan ese sabor cálido y contagioso. La conversación en Cuba no tiene prisa. Puede comenzar con un comentario casual en una cola y terminar en una disertación filosófica o una carcajada colectiva. En el hablar cubano hay humor, ironía, poesía y una profunda necesidad de conexión humana. No hay tema que no se adorne con una anécdota o un refrán. Se habla para comunicarse, sí, pero también para disfrutar del acto de hablar. El cubano siente las palabras y las saborea, como si fueran música o comida. Su lenguaje, lleno de imágenes, gestos y ritmo, es reflejo de su cultura: viva, expresiva, generosa. Hablar en cubano es una celebración de la vida misma, donde cada gesto, cada palabra y cada silencio dicen mucho más de lo que aparentan.

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Rafa Fergom en La Habana

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Rafa Fergom en La Habana: cuando el arte y la estrategia se dan la mano

El español Rafa Fergom, empresario, mentor de negocios, consultor estratégico y formador, llegó a La Habana para compartir su visión sobre la conexión entre la creatividad, la estrategia y el propósito. Su paso por Galleria Continua / Habana con la charla “Marcas con arte” fue el punto de partida de un ciclo de aprendizaje y diálogo entre el pensamiento empresarial y la sensibilidad cultural cubana.

Formado en Arquitectura e Ingeniería de Edificación, Fergom descubrió pronto que su verdadera vocación estaba en el mundo del marketing, la dirección de equipos y el desarrollo personal. “Aprendí a base de palos mientras terminaba mis estudios”, comenta con la naturalidad de quien entiende el error como parte esencial del aprendizaje. Completó su formación con un MBA y varios másteres especializados en dirección comercial, estrategia de marketing (GESCO) y coaching transpersonal, ejecutivo y de equipos. Sin embargo, siempre ha defendido el valor de aprender intentándolo y de ser más asociativo que societario: “Entiendo los negocios como un modo de dar, no de recibir.”

Hoy imparte clases de marketing y estrategia en distintas instituciones en España y Cuba, y trabaja como consultor estratégico para empresas de diversos sectores, ayudándolas en su toma de decisiones y en la creación de estructuras sostenibles. Además, es autor de un libro publicado por Anaya en el que explica cómo desarrollar un plan de negocio basado en experiencias reales. Su trayectoria lo ha llevado a colaborar con TEDx, L’Oréal, UNESCO, la Unión Europea, el British Council, la ISA (Universidad de las Artes de La Habana) y la Embajada Española en Cuba, entre muchas otras instituciones y universidades.

Entre los proyectos en los que participa destacan Beauty & Masters, conocido como el Netflix del maquillaje; María Catalá Beauty, una marca de cosmética premium y vegana; Siana Digital, consultora de marketing digital; WOMEN by Eyeife, festival dedicado a las mujeres en la música en Cuba; TAO, un modelo de inversiones financieras; ARTE, iniciativa para implementar políticas de género en ONG; y Asociación Ambessa, un orfanato en Etiopía. “En resumen, mi oficio es montar negocios y ayudar a montarlos”, afirma con convicción.

La primera cita de Rafa Fergom en Cuba fue en Galleria Continua / Habana, uno de los espacios de arte contemporáneo más importantes del país. Allí ofreció su charla “Marcas con arte”, en la que compartió su visión sobre cómo los proyectos creativos pueden y deben construirse con una estructura profesional sólida sin perder autenticidad. El evento reunió a artistas, emprendedores culturales, gestores y estudiantes, todos interesados en entender cómo la estrategia puede convivir con la sensibilidad artística.

El próximo 9 de octubre, entre 2:00 pm y 6:00 pm, Fergom conducirá su MentorMind en la Fábrica de Arte Cubano (F.A.C.), una formación intensiva dirigida a creadores y emprendedores de la Isla. El encuentro, con aforo completo en apenas 24 horas «más de 150 personas inscritas», tiene como objetivo desbloquear falsas creencias sobre el marketing y el emprendimiento, ofreciendo herramientas prácticas para hacer crecer ideas reales. “Creo que en La Habana existe un tejido emprendedor con muchas ganas de aprender, de conocer nuevos conceptos y de poner en marcha sus ideas”, afirma Fergom.

El programa se estructura en cuatro pilares fundamentales: el primero es la mentalidad, que busca desbloquear o potenciar la idea y entender de dónde viene y hacia dónde puede crecer; el segundo es el business map, que permite analizar si una idea es viable y convertir la intuición en estrategia; el tercer bloque es cómo lanzar la idea, es decir, cómo presentarla al mundo y conectar con los primeros clientes; y el cuarto pilar trata sobre cómo generar orgullo de pertenencia, para que el público se identifique con el proyecto y lo promueva de forma orgánica.

Más que una clase, MentorMind propone una experiencia transformadora, un espacio donde la pasión se encuentra con la planificación y donde la inspiración deja de ser un sueño para convertirse en acción. La visita de Fergom a Cuba no es solo un evento formativo: es un punto de encuentro entre la energía creativa de la Isla y las herramientas globales de emprendimiento. Su propuesta combina visión estratégica con sensibilidad cultural, abriendo una puerta para que los proyectos cubanos crezcan desde lo local hacia lo internacional sin perder su esencia. En un contexto donde la creatividad es abundante pero los recursos escasos, Fergom plantea una idea poderosa: “Las ideas no mueren por falta de talento, mueren por falta de estructura.”

Entre la Galleria Continua y la Fábrica de Arte Cubano, Rafa Fergom ha encontrado el escenario perfecto para su mensaje: el arte y el emprendimiento no están reñidos, sino llamados a convivir. Su paso por La Habana deja algo más que conferencias: deja un eco de entusiasmo, aprendizaje y posibilidad. Porque si algo demuestra su historia de arquitecto a mentor, de emprendedor a formador es que los sueños, cuando se trabajan con propósito y método, también se construyen.

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Oralitura Habana IV

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Oralitura Habana IV: el arte de improvisar la memoria

Del 25 al 28 de septiembre de 2025, La Habana volvió a convertirse en un escenario abierto para la palabra improvisada. La cuarta edición del Encuentro de Improvisación Poética Oralitura Habana llenó la ciudad de décimas, controversias, freestyle y guateques, demostrando que la oralidad sigue siendo una de las expresiones más vibrantes y esenciales de la cultura cubana. El festival comenzó en el Pabellón Cuba con Convergencia, una exposición que entrelazó la mirada fotográfica de Roberto Chile con los versos de Alexis Díaz-Pimienta. La inauguración se transformó en celebración con el concierto Canciones con Pimienta, donde el dúo Buena Fe compartió escenario con el poeta-repentista, creando un puente natural entre la canción popular y la improvisación poética.

Más que un evento, Oralitura Habana fue también un homenaje a figuras y momentos clave de la tradición. Se evocaron los 70 años de la Controversia del Siglo entre El Indio Naborí y Angelito Valiente, los 25 años de la Cátedra Experimental de Poesía Improvisada, los 50 años del fallecimiento de Francisco Riverón y los 95 años del natalicio de Inocente Iznaga, “El Jilguero de Cienfuegos”. No fueron efemérides congeladas, sino raíces vivas que siguen alimentando un género capaz de dialogar con lo contemporáneo.

Durante cuatro días, plazas, teatros y escuelas se convirtieron en escenarios de controversias, talleres y conciertos. El público juvenil encontró en el Choque de Improvisadores un espacio único donde el repentismo tradicional se enfrentó al freestyle urbano, demostrando que la improvisación puede tender puentes entre generaciones y estilos. La ciudad fue un mapa de poesía viva: el Decimódromo nocturno, las actividades en Cojímar, la Colina Lenin en Regla, la Casa de las Américas. Por todos esos espacios pasaron voces como Yarima Blanco, Abel Geronés, Amanda Beatriz Ortega, Rosabell Pi y muchos otros, dibujando un mosaico de estilos y sensibilidades.

La clausura, en la Casa de las Américas, estuvo marcada por el concierto del cantautor español Pedro Pastor, quien compartió escenario con improvisadores cubanos en un final que no fue un cierre, sino una declaración de continuidad. Más que un punto final, se trató de una certeza: la improvisación es un lenguaje universal y en constante movimiento.

El director del festival, Alex Díaz Hernández, adelantó que Oralitura Habana seguirá creciendo con la aspiración de convertirse en un espacio multitudinario sin perder la cercanía y la esencia popular que lo caracterizan. El gran desafío será mantener viva la tradición de la décima mientras se abre a nuevas expresiones y a públicos diversos. Así, La Habana nos recordó una vez más que la improvisación no es solo arte del instante, sino memoria en construcción. En cada controversia y en cada verso espontáneo late una cultura que, como la décima, se reinventa sin dejar de ser raíz.

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Altares de fe

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Altares de fe: la espiritualidad afrocubana en el corazón de La Habana

En La Habana, los altares de santería no son simples rincones adornados con santos, velas o flores. Son puertas abiertas a lo invisible, un puente sagrado donde lo humano se entrelaza con lo divino. Allí, cada objeto guarda un significado: una promesa, un agradecimiento, un diálogo íntimo con los orishas.

Ante estos altares se reza en silencio, sin buscar espectáculo. Una vela encendida no es solo una llama: es el ruego de un enfermo que pide sanación. Una copa de agua no es un adorno: es la claridad que guía en tiempos de incertidumbre. Una fruta fresca entregada a Ochún no es solo un obsequio: es gratitud, amor y confianza en que lo invisible escucha.

Quienes los mantienen los consideran guardianes del hogar. Antes de salir al trabajo, una palabra breve al orisha protector; en días de dificultad, una vela que ilumina tanto el altar como el ánimo de la familia; y en momentos de celebración, como un nacimiento o un logro, las ofrendas se convierten en fiestas compartidas con los dioses yorubas.

La espiritualidad afrocubana es íntima y profunda. No necesita grandes templos, porque cada casa puede ser santuario. No requiere discursos grandilocuentes: basta un susurro, una mirada, un gesto de fe. Para muchos cubanos, la fortaleza del día a día no se sostiene solo en lo material, sino en esa energía que brota de los altares.

En ellos habita la certeza de que los ancestros acompañan, de que los orishas responden, y de que la fe «aunque invisible» sostiene. No es una fe que se exhibe para convencer, es una vivencia que se guarda en lo más íntimo, como parte inseparable de la identidad cubana.

En una ciudad de contrastes como La Habana, donde la vida puede ser dura y la incertidumbre grande, los altares son oasis de confianza. Allí, la fe no es abstracta ni lejana: es cotidiana, palpable y profundamente cubana.

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El color en La Habana

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El color en La Habana: entre lo que resiste y lo que se desvanece

Caminar por La Habana es como adentrarse en un lienzo inacabado, un cuadro en constante transformación donde cada trazo cuenta una historia. La ciudad respira entre fachadas que deslumbran y muros que se descascaran, entre restauraciones recientes que relucen como espejos y paredes que, aunque agrietadas, conservan la dignidad de lo vivido. La Habana no es estática: palpita, envejece y se renueva, y en ese vaivén el color se convierte en protagonista.

En La Habana, el color no es un simple recurso estético: es un idioma que se habla en cada rincón. Basta mirar los balcones cargados de ropa tendida, ondeando como banderas improvisadas, para entender que la vida diaria también se manifiesta cromáticamente. Esa ropa que danza al viento no solo seca al sol: narra historias de familias, de rutinas, de una vitalidad que se niega a apagarse.

Los almendrones, esos autos clásicos de los años 40 y 50, refuerzan este lenguaje. Pintados en turquesa, amarillo, rosado o verde intenso, recorren la ciudad como pinceladas en movimiento. Más que vehículos, son reliquias rodantes, memoria viva de un tiempo detenido y, a la vez, reinventado. Cada almendrón es un museo con ruedas que le añade a La Habana un trazo de nostalgia y fiesta.

Los muros habaneros son lienzos colectivos. Grafitis y murales florecen en paredes viejas, llevando mensajes sociales, políticos o puramente artísticos. Retratos de héroes, frases populares, símbolos y colores estridentes convierten a la ciudad en una galería de arte a cielo abierto. Muchas de estas intervenciones son efímeras: el sol, la lluvia o una nueva mano de pintura las desgastan o cubren, pero en ese carácter transitorio reside su fuerza. La Habana no solo muestra arte: lo respira y lo transforma.

No todo es brillo ni restauración. El desgaste también habla, y habla alto. Las pinturas descascaradas, los tonos apagados y los desconchados se han convertido en parte de la estética habanera. Para algunos, son la evidencia del paso del tiempo y del abandono; para otros, pura poesía urbana. Son cicatrices que embellecen porque recuerdan lo que resiste. Como en el arte japonés del kintsugi, donde las grietas se convierten en parte de la obra, en La Habana las imperfecciones son un sello de identidad.

Ese diálogo entre lo que resiste y lo que se desvanece convierte a La Habana en un espacio cromático irrepetible. Cada fachada es un testimonio; cada puerta pintada de verde, azul o rojo, un acto de afirmación frente a la rutina. Y, en medio de todo, su gente sigue apostando por el color: pintando sus casas con lo que tienen a mano, renovando un mural, colgando ropa brillante en un balcón o vistiendo ropas intensas que parecen desafiar la monotonía.

El color es también una forma de resistencia cultural. En una ciudad donde el tiempo parece jugar sus propias reglas, los tonos vivos son una declaración de esperanza, un gesto de vida. El habanero, con brocha o con vestimenta, con música o con murales, insiste en teñir su entorno para no dejar que el gris se imponga.

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