Hay fotógrafos que capturan imágenes. Y hay otros que logran capturar una época. Ese fue el caso de Walker Evans, considerado uno de los padres de la fotografía documental moderna y una figura clave en la historia de la fotografía del siglo XX.
En la primavera de 1933, Evans llegó a La Habana con una misión muy concreta: ilustrar The Crime of Cuba, el libro del periodista estadounidense Carleton Beals, una obra que denunciaba la situación política y social del país durante los últimos meses del gobierno de Gerardo Machado.
Pero lo que encontró fue mucho más que el escenario de un reportaje.
Con su cámara recorrió calles adoquinadas, plazas, portales, fachadas desgastadas por el tiempo y una ciudad llena de contrastes. Sin buscar el espectáculo ni el dramatismo, dirigió su mirada hacia la vida cotidiana: vendedores ambulantes, soldados, mendigos, niños, trabajadores y ciudadanos anónimos que se cruzaban en su camino.
Su fotografía se alejaba del artificio. Evans defendía una mirada directa, limpia y profundamente humana. Para él, la belleza podía encontrarse en una pared descascarada, en un cartel publicitario envejecido, en una reja de hierro o en el rostro de una persona desconocida.
Aquellas imágenes de La Habana terminaron siendo fundamentales para el desarrollo de su estilo documental, una estética que años más tarde influiría en generaciones de fotógrafos de todo el mundo.
Más de noventa años después, las fotografías de Walker Evans siguen siendo mucho más que un documento histórico. Son un retrato honesto de una ciudad en transformación y un testimonio de la capacidad de la fotografía para preservar la memoria de un pueblo.
Porque a veces una imagen no solo congela un instante.
También consigue detener el tiempo.
TUNTURUNTU