Los solares de La Habana

De las paradojas que tiene La Habana, los solares son una de las más auténticas. Mientras estrictamente la palabra se asocia con terrenos baldíos, en la recién nombrada Ciudad Maravilla, los solares son precisamente todo lo opuesto.

Por decirlo lindo, la Real Academia de la Lengua Española sugiere que solar en Cuba toma la acepción de “casa de vecindad”. Para acentuar la ironía, basta remontarse a la historia de estas construcciones.

Cuentan que justo en el cambio de siglo – del XIX al XX-, La Habana era una ciudad en expansión. Las familias más ricas, con fortunas que en la mayoría de los casos provenían de la industria azucarera, abandonaron sus palacetes del centro de la ciudad, para construir nuevas mansiones en “extramuros”, la zona que se extendía más allá de la antigua muralla.

Primero en el Cerro y luego en el Vedado, comenzaron a verse nuevas edificaciones de estilo neoclásico. Atrás quedaron desocupados los grandes palacios coloniales, en lo que hoy conocemos como La Habana Vieja.

En esas construcciones desocupadas, alquiladas por sus dueños originales, encontraron vivienda personas pobres, emigrantes e inmigrantes humildes y antiguos esclavos. Las casas unifamiliares llegaron a ser edificios múltiples, en ocasiones con cuartos muy pequeños. Es así que uno de estos palacios llegó a albergar a casi 30 familias.

Como es de suponer, los nuevos habitantes modificaron y construyeron nuevos entornos, casi siempre divorciados de criterios arquitectónicos y estéticos, orientados a un sentido pragmático de aprovechar cada resquicio. A pesar de eso, casi 200 años después, se puede adivinar el vestigio de lo que fue puro esplendor y elegancia.

Si bien no queda mucho, perduran escaleras de mármol, motivos florales en las rejas de hierro forjado, dibujos en las losas del piso, mosaicos de inspiración árabe, sólidas puertas de maderas preciosas, luminosos y multicolores vitrales…

Visitar un solar cubano típico es una experiencia particular. Por naturaleza son sitios bullangueros y concurridos, a los que generalmente se accede luego de surcar el umbral de un gran portón que da vía a un estrecho pasillo, que desemboca en un patio interior, lateral o central, en torno al cual se disponen las viviendas.

Muchos solares tienen dos o más pisos, por lo que no faltan las altas escaleras que conducen a la planta superior. Si pintáramos un cuadro de un solar, no puede faltar: la ropa recién lavada, los niños correteando, las largas competencias de dominó y la religión yoruba en las prendas y en los ritos de sus convivientes.

Es así que si un elemento se repite en el imaginario popular cubano es el “solar habanero”. En libros, canciones, obras de teatro y películas abundan las referencias a este sitio. Uno de los restaurantes más famosos de la ciudad –La Guarida- tiene un solar como casa.

Ya lo inmortalizó Isaac Delgado, talentoso músico cubano, popularmente conocido como el Chévere de la Salsa: “En el centro de la habana hay un solar, el solar de La California, donde vive un ingeniero, un constructor, un ecobio y un doctor, un obrero…”