En una cancha de barrio, un balón puede parecer simplemente un balón. Pero para un adolescente que encuentra allí un equipo, una rutina, personas que lo esperan cada fin de semana y un objetivo por el que esforzarse, puede representar mucho más. Esa es una de las ideas que durante años ha impulsado el trabajo de Full Court Peace en Cuba: utilizar el baloncesto no solamente como deporte, sino como una herramienta capaz de reunir a la comunidad y ofrecer a niños y jóvenes un espacio de crecimiento, disciplina y pertenencia.
La organización nació en 2006 de la mano del estadounidense Mike Evans, inicialmente a través de un proyecto que utilizaba el baloncesto para acercar a jóvenes de comunidades católicas y protestantes históricamente enfrentadas en Belfast, Irlanda del Norte. A partir de aquella experiencia, el modelo comenzó a trasladarse a otros territorios y, en 2009, Full Court Peace inició su vínculo con el baloncesto comunitario en La Habana.
En Cuba encontró algo fundamental para que una iniciativa de este tipo pudiera crecer: una cultura de baloncesto callejero que ya pertenecía a los barrios. Con los años, el proyecto ha colaborado con líderes y jugadores locales, apoyando la reparación de canchas, aportando balones, aros, zapatillas, uniformes y otros materiales, además de contribuir a la organización de torneos y ligas. Espacios como la conocida cancha de 23 y B, en El Vedado, junto a otras comunidades de El Cerro y Cojímar, se han convertido así en puntos de encuentro para jugadores de diferentes edades.
Sin embargo, el verdadero valor de una cancha comunitaria no puede medirse solamente por los partidos que se disputan en ella. Alrededor del deporte se crean horarios, responsabilidades y reglas; se aprende a ganar y también a perder, se construyen amistades y aparecen referentes. Para muchos jóvenes, formar parte de un equipo significa también descubrir un espacio donde su presencia importa y donde existen otras personas que esperan algo de ellos.
En las circunstancias que atraviesa actualmente la sociedad cubana, iniciativas de este tipo adquieren una dimensión todavía mayor. Muchas familias enfrentan importantes dificultades económicas y materiales, mientras los espacios de ocio, las alternativas recreativas y las oportunidades para los jóvenes resultan limitados. En ese contexto, mantener viva una cancha significa también conservar un lugar donde encontrarse, competir, aprender y proyectarse hacia algo diferente.
Quienes han trabajado directamente con Full Court Peace en La Habana han explicado que algunos muchachos expuestos a situaciones problemáticas comenzaron a organizar parte de su vida alrededor del deporte. Saber que el fin de semana había partido implicaba entrenar, cumplir determinados compromisos y responder ante un equipo que los esperaba. Puede parecer un cambio pequeño visto desde fuera, pero dentro de una comunidad esa rutina puede adquirir un enorme significado.
Las ligas también han funcionado como espacios de desarrollo deportivo. En ellas han coincidido jugadores de barrio, jóvenes en formación e incluso atletas vinculados al baloncesto competitivo cubano. Algunos participantes han destacado que el nivel de los encuentros les permite mejorar física y técnicamente, mientras estos espacios pueden convertirse en una vía para descubrir y desarrollar jóvenes con posibilidades dentro del deporte. La incorporación de mujeres y niñas amplía además el alcance de una comunidad históricamente asociada en mayor medida al baloncesto masculino.
Dentro de esta historia aparecen personas que han sostenido el proyecto desde el propio terreno. Una de ellas es Yoel Pedroso Blanco, jugador vinculado desde hace años al movimiento del baloncesto callejero habanero y actualmente involucrado en la organización de las actividades de la liga. Su participación representa precisamente una de las claves del modelo de Full Court Peace: no se trata simplemente de que una organización extranjera llegue a una comunidad y decida cuáles son sus necesidades, sino de proporcionar herramientas para que sean los propios líderes locales quienes impulsen y sostengan los proyectos.
Son ellos quienes conocen las canchas, los jugadores, las familias y las necesidades particulares de cada barrio. Esa conexión permite que una ayuda material pueda convertirse en algo mucho más duradero. Una cancha rehabilitada, un balón nuevo o un uniforme son importantes, pero el verdadero impacto aparece cuando alrededor de esos recursos comienza a construirse una comunidad.
Por supuesto, el deporte no puede resolver por sí solo los enormes desafíos que enfrenta actualmente la juventud cubana. Tampoco sería justo depositar sobre iniciativas comunitarias la responsabilidad de solucionar dificultades económicas y sociales mucho más profundas. Lo que sí pueden hacer proyectos como este es generar pequeñas estructuras de oportunidad allí donde hacen falta: ofrecer a un adolescente un lugar al que llegar a una hora determinada, un entrenador que le exija disciplina, compañeros que dependan de él y un espacio donde aprender que una derrota también implica regresar, entrenar y volver a intentarlo.
En ese proceso, el baloncesto deja de ser únicamente una competición. La cancha se convierte en un espacio de convivencia, aprendizaje y pertenencia donde una victoria puede demostrar el valor del esfuerzo y una derrota puede enseñar perseverancia. Sobre todo, permite que muchos jóvenes formen parte de algo colectivo en una etapa de sus vidas en la que contar con referentes, responsabilidades y objetivos puede resultar especialmente importante.
En momentos difíciles, mejorar la calidad de vida de una comunidad no siempre comienza con grandes infraestructuras o transformaciones inmediatas. A veces puede empezar recuperando una cancha, poniendo un balón en las manos de un muchacho y creando las condiciones para que quiera regresar al día siguiente.
Quizás por eso el resultado más importante de estas ligas no sea el que aparece en el marcador, sino lo que ocurre alrededor de él: jóvenes que encuentran un equipo, personas que recuperan un espacio para el barrio y una comunidad que continúa apostando por sus nuevas generaciones. Porque, en medio de una realidad compleja, una cancha también puede ofrecer algo esencial: oportunidades, comunidad y razones para imaginar un futuro.
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