En Cuba, el final de año no es solo una fecha en el calendario: es un ritual colectivo cargado de símbolos, deseos y pequeñas ceremonias que mezclan creencias populares, herencias africanas, españolas y una creatividad muy nuestra. Cuando diciembre avanza, en muchas casas comienza una especie de preparación espiritual y emocional para dejar atrás lo malo y abrirle la puerta a lo bueno que está por venir.
Una de las costumbres más extendidas es la limpieza profunda del hogar. No se trata solo de ordenar, sino de “sacar lo viejo”, botar lo que ya no sirve, mover los muebles y dejar la casa lista para recibir el nuevo año con energía renovada. Para muchos cubanos, limpiar es también una forma de cerrar ciclos, de dejar atrás tristezas, problemas y cargas acumuladas. El hogar debe quedar ligero, como el alma.
Otra tradición muy arraigada es la del agua. Justo cuando termina el año, hay quienes lanzan cubos de agua desde puertas o balcones, simbolizando el acto de expulsar lo malo, las penas y las malas vibras. Es un gesto sencillo pero poderoso, que convierte el tránsito al nuevo año en una especie de purificación colectiva, incluso en edificios donde varios vecinos participan sin ponerse de acuerdo.
La ropa también tiene su lenguaje simbólico. El blanco es protagonista en muchas familias, especialmente por la influencia de las religiones afrocubanas, donde representa paz, claridad y protección. Vestirse de blanco en la noche del 31 es una forma de pedir un año limpio, sereno y con salud. Otros colores también aparecen: el amarillo para la prosperidad, el rojo para el amor, el verde para la esperanza. En Cuba, el deseo se viste.
La comida ocupa un lugar central. Aunque las mesas no siempre estén llenas como se quisiera, hay platos que se mantienen como símbolos de abundancia y continuidad. El cerdo asado es el gran protagonista cuando es posible, acompañado de arroz congrí, yuca con mojo y ensaladas sencillas. Compartir lo que hay, aunque sea poco, es parte esencial del rito: nadie debería despedir el año solo. En muchos barrios, la comida se comparte entre vecinos, reforzando ese sentido de comunidad tan cubano.
No faltan tampoco los rituales personales. Hay quien escribe deseos en un papel y los guarda, quien prende una vela pidiendo salud, amor o trabajo, quien se toma las doce uvas al ritmo de las campanadas improvisadas en la televisión, o quien sale a dar la vuelta a la cuadra con una maleta para atraer viajes y nuevos caminos. Son gestos íntimos, a veces casi secretos, pero cargados de fe.
La música y el ruido cumplen otra función simbólica: espantar lo malo y llamar la alegría. Se sube el volumen, se brindan abrazos, se llora un poco si hace falta y se ríe mucho también. El cubano despide el año con emoción a flor de piel, mezclando nostalgia por lo vivido y esperanza obstinada por lo que viene.
Al final, más allá de las creencias o las formas, estas tradiciones revelan algo profundo: la necesidad de creer que el año próximo puede ser mejor. En Cuba, cerrar el año es un acto de resistencia emocional, un pacto silencioso con la esperanza. Porque aunque falten cosas, nunca falta el deseo de empezar de nuevo, con todo lo bueno por venir.
TUNTURUNTU