Hubo un tiempo en que ir al cine en Cuba era mucho más que sentarse frente a una pantalla. Era un acto social, una costumbre compartida, un pequeño ritual cotidiano que reunía a familias, parejas y amigos en la penumbra de una sala donde todo parecía posible. Las marquesinas iluminaban las calles, los carteles pintados a mano anunciaban estrenos, y el cine era, para muchos, la puerta más cercana al mundo. Hoy, esa escena pertenece casi por completo a la memoria.
Durante la primera mitad del siglo XX, Cuba llegó a tener una de las redes de salas de cine más amplias de América Latina. En La Habana, especialmente, los cines formaban parte esencial del paisaje urbano y de la vida cultural. No eran solo espacios de exhibición cinematográfica, sino verdaderos centros de encuentro donde se compartían emociones, debates y sueños. Ir al cine significaba salir de la rutina, imaginar otros mundos y, a la vez, reconocerse en historias ajenas.
Con el paso de los años, ese esplendor comenzó a deteriorarse. Las dificultades económicas, la falta de recursos para el mantenimiento, el envejecimiento de las infraestructuras y los cambios en los hábitos de consumo cultural fueron apagando, poco a poco, las luces de muchas salas. Lo que antes era un cine lleno de vida hoy es, en numerosos casos, un edificio cerrado, una estructura en ruinas o un espacio reconvertido para otros usos. Butacas rotas, techos que filtran agua, proyectores obsoletos y fachadas descoloridas se repiten como una imagen dolorosamente familiar.
Este deterioro no es solo material. Es también emocional y simbólico. Cada cine que cierra representa la pérdida de un espacio común donde el arte se vivía colectivamente. En un país donde la vida social siempre ha sido profundamente compartida, la desaparición de estos lugares deja un vacío difícil de llenar. Ver una película en casa no sustituye la experiencia de la sala oscura, del silencio compartido antes de que comience la proyección, de la risa o el llanto colectivo que conectaba a desconocidos durante un par de horas.
En La Habana y en muchas otras ciudades del país, algunos cines han logrado sobrevivir, aunque no sin dificultades. Otros han sido transformados en centros culturales, teatros improvisados o espacios comunitarios que intentan mantener viva la vocación artística del lugar, aunque ya no proyecten películas de manera regular. También han surgido iniciativas alternativas, como el cine móvil o las proyecciones al aire libre, que buscan llevar el séptimo arte a barrios donde ya no existe una sala funcional.
La pérdida de los cines en Cuba habla de algo más profundo que el deterioro de edificios: habla de cómo se erosionan los espacios de encuentro cultural, de cómo el acceso al arte se vuelve más limitado y de cómo se diluye una parte esencial de la memoria colectiva. Para muchas generaciones, el cine fue el primer contacto con otras culturas, otros idiomas y otras realidades. Fue también refugio, compañía y aprendizaje.
Hoy, cuando se pasa frente a un antiguo cine cerrado, no solo se ve una construcción abandonada. Se ve una historia que pide ser contada, restaurada o al menos recordada. Porque mientras existan quienes recuerden aquellas salas llenas, el cine cubano seguirá vivo, aunque sea en la nostalgia. Y quizás, algún día, las luces vuelvan a encenderse, las pantallas se iluminen de nuevo y el cine recupere su lugar como uno de los corazones culturales del país.
TUNTURUNTU